sábado, 7 de mayo de 2011

Fuego sagrado

En ese lugar todo el mundo esta nervioso, a través de una simple caja el mundo se concentra en mirar la misma imagen, un estadio, como cualquier otro, que durante unos pocos días se convertirá en el centro deportivo, social y cultural del mundo entero.
Al principio, todos están nerviosos, en el estadio esperan el comienzo de un acto que cambiará sus vidas, en esa noche el mundo volverá a comenzar. Está todo oscuro, pues los espectadores no importan, sobre ellos, un cielo estrellado que pronostica un evento maravilloso; entre ellos corre el murmullo de la impaciencia y la emoción. De repente ante una puerta aparece una luz, una pequeña luz proveniente de la cuna del pensamiento occidental. Portándola, un preparado atleta que sabe cual es su cometido. Entre sus manos, como la luz de la esperanza en la oscuridad, se sostiene una antorcha con una llama proveniente de la mismísima acrópolis de Atenas, del templo de Palas, protectora de la justicia.
Aunque el templo del deporte se halla abarrotado de gente de todo el mundo, como si de la torre de Babel se tratase, como hormigas en busca de pan, los habitantes del mundo han seguido el mismo camino para encontrarse en el hormiguero, la madriguera del deporte. La pista está libre, pues el portador con su sola presencia impone y, poco a poco, y sin variar el ritmo, recorre la pista rodeando el estadio, observado por todo el mundo, millones de casas alrededor del globo, cientos de radios siguiendo los comentarios de algún seguidor o vieja estrella del deporte… Desde algún remoto lugar, un niño pequeño sigue la hazaña con su abuelo, escuchando, mirando tal gesta que será recordada por los siglos, transmitida a los nietos de éste en alguna noche tranquila, y éstos la oirán con la emoción en sus corazones.
En cuanto el portador de tal magnifica llama termina el recorrido, desde una punta, encarándolo, se dirige al centro mismo del estadio. El centro, lleno de gente que se separa para crear un mítico pasillo, uno en el que la emoción y la alegría se dan la mano. El atleta, sin detenerse, llega hasta el centro con su misión, entregar la llama al siguiente portador. Para expectación de todos, éste no la coge, sino que acerca hasta la punta del testigo la punta de un palo, un pequeño palo que esta destinado a permanecer en la memoria de todos los presentes como el evento más grande del final del siglo XX. En cuanto el último eslabón del gran recorrido mundial prende su flecha, colocandola con tranquilidad en su fiel arco, crea el nerviosismo de cuantos espectadores siguen esa noche el evento. Sin inmutarse, el arquero se queda apuntando al infinito cielo, aumentando el nerviosismo de cuantos lo siguen con emoción. Los segundos que el arquero apunta al infinito parecen convertirse en minutos, y estos en horas. De repente, y sin previo aviso, el arquero separa sus experimentados dedos permitiendo que el arco desempeñe su función. La flecha sale disparada y con diligencia, ocultando su objetivo, la llama del conocimiento del mundo occidental depende de que la flecha llegue a su desconocido objetivo. La flecha pasa por encima del público, con una llama que aunque importante, parece apagarse por momentos. Durante un momento toda imagen de algo parecido a una flecha desaparece del ojo más entrenado, un momento que se hace eterno y que parece augurar la oscuridad eterna en el universo, dejando sin respuesta todas las preguntas.
Cuando ese angustioso momento ha pasado, de entre toda la oscura noche una lengua de fuego emerge de un inmenso plato argento, iluminando la oscuridad del mundo, apagando todas las dudas, prendiendo una llama en los corazones de todo ser viviente.
Los días que le precedieran no serían como los otros, y nunca se los podría igualar, a partir de ese momento, con los Juegos Olímpicos recién inaugurados, Barcelona había cambiado el mundo en una noche de 1992.

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